
Estos días de lluvia son tan hechiceros
como veleros que se enfrentan al fracaso.
Las sábanas tentadoras te recogen entre sueños
cuando el cielo grita y llora porque añora ya el ocaso
y tus pasos se confunden como mentes ignorantes,
suplicantes en los días más amargos,
tropezando con el frío que aligera la memoria,
y el hastío que se funde como gotas en los charcos.
Hay un humo que no muere, que no es niebla ni misterio
sino lluvia que resiste tus asaltos
mientras los paraguas rivalizan por hundirse en mis mejillas
y camino junto a sillas derretidas por el llanto.
El recuerdo cede un trago al olvido de tu risa
y la prisa se desliza en los tejados,
los silbidos agudizan y hacen trizas al silencio
colándose entre muertos y fantasmas olvidados.
Las mentiras navideñas aumentan sus adeptos
porque todos se apuntan a mentir sin compromiso,
ocio y negocio se reunen sin criterio
y el mundo se convierte en una sucia alegoría,
pero tú sigues tranquila porque nadie es tu enemigo
olvidando que eres presa de tu hado
y que la lluvia y la tristeza que te empapan con motivos
son meros sicarios del pasado.


